
Tomar las calles es un aprendizaje que nunca falta en la educación de los niños. Es una práctica que se realiza desde la escuela, validado por los padres, maestros y autoridades. Por lo que nadie debe quejarse si se toman para protestar por cualquier cosa.
Los niños desde que acuden a la educación inicial o básica aprenden que una labor cotidiana es tomar la calle. Ya sea con los vehículos o de manera peatonal. Quienes llevan a sus hijos caminando, casi nunca lo hacen sobre las banquetas.
Si los padres van a dejarlos en vehículo el asunto es más claro. Si se cuenta con una avenida, se bloquea una calle para que los padres de familia dejen el auto y acompañen a sus hijos dentro de la escuela.
En calles de un solo sentido. Los policías de tránsito acuden en auxilio de los padres de familia. Para evitar accidentes hacen doble o triple fila. Se bajan a dejar al niño y no regresan, hasta que el escolapio está en su salón.
Luego entonces, cuando en una comunidad se registra escasez de agua potable. Los vecinos toman la calle, avenida, carretera o autopista. No la liberan hasta que la autoridad estatal o municipal se compromete a resolver el problema.
Cuando se registran conflictos por límites territoriales. Lo más fácil es que el presidente municipal encabece a un grupo de manifestantes y tomen por asalto la carretera federal. Como autoridad asume que es la única forma de que el Congreso local le haga caso.
En Tlaxcala, la toma de las calles es parte del currículo abierto y oculto del sistema educativo. Los ciudadanos la interiorizan como parte de la pedagogía ciudadana. El espacio público se ha vuelto tierra de todos y de nadie. ¿Dónde queda la educación para la paz y la no violencia?
