
Los toros juegan un papel importante en la vida de la población tlaxcalteca. La celebración de los 500 años centra la atención en el pueblo originario, pero no en sus mestizajes culturales.
En Tlaxcala, cualquier se sorprende cuando se realiza una corrida de toros en la plaza “Jorge Ranchero Aguilar”, no por el cartel que se presenta o la procedencia de los astados. Sino por la forma en que la población se apropia del evento.
Lo primero que llama la atención es la transformación de quienes asisten a la corrida. La clase media ve en ese evento una forma de exposición para sentirse parte de lo que siempre ha sido aspiracional. La herencia española.
De pronto las personas se transforman. Hombres y mujeres se vuelven rancheros, ganaderos, hacendados. Se visten de botas, pantalón de mezclilla y el infaltable sombrero. Desfilan a lo largo del centro para que los vean.
Ya en la plaza, hasta el lenguaje cambia. Todos tratan de emular la lengua de la madre patria. No hablan español mexicano o tlaxcalteca. Todos los presentes, están ahí, para confirmar que una de sus raíces está en España.
Se cambia el pulque por el vino. Las botas de cuero -o de algún otro material- hacen su aparición. La camaradería hace que no se requieran vasos, sino la demostración del control sobre la fuente que busca acertar en la cavidad bucal.
La fiesta taurina es el ritual a través del cual los tlaxcaltecas logran reunir a la madre y al padre de ese mestizaje y nación, del que se afirman orgullosos.
Los toros son el mejor ejemplo del encuentro de las dos culturas que no tienen que esperar 500 años para celebrarlo. Tan solo un año y volver a ser parte de Tlaxcala, la feria, su feria. Su ser tlaxcalteca y español.
