Mariana Isabel Valdés, jefa de la carrera de Nutriología de la Facultad de Estudios Superiores (FES), de la UNAM, explicó que al comer rápido, en primer lugar, no le damos tiempo a las hormonas producidas en el estómago y el intestino para enviar las señales al cerebro que ya es suficiente.
En consecuencia comemos de más, es decir, aunque el organismo ya sació sus necesidades, seguimos comiendo sin parar. “Esto pasa porque has alterado la señalización del hambre y saciedad entre el estómago, el intestino y el cerebro”, explicó la experta a Gaceta UNAM.
Agregó que además, al tener mucha hambre, no somos capaces de decidir objetivamente qué es más saludable, por lo que terminas recurriendo a la comida rápida o chatarra.

